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    June 23

    "Las mujeres que aman demasiado"

    Una tarde caminando por las calles de mi ciudad, recorriendo una feria de artesanías, me topé con el rabillo del ojo a una mujer que se encontraba leyendo y que al ver que la gente se acercaba para ver sus obras dejo de lado su lectura dejando el libro frente a mi, como si quisiera que supiera cual era el libro que ella leía, el título...bueno desde el título me puso a pensar: "Las mujeres que aman demasiado", seguí caminando sin querer prestarle atención a aquellas palabras que seguían aturdiéndome, caminé y caminé mucho ese día pero no lograba sacarme de la mente le forzada pregunta...¿Yo seré una de ellas?, y haciendo un poco de memoria y escarbando en mi historia, me remonte a un par de años donde la respuesta sin lugar a dudas hubiera sido un corto pero decisivo NO, pero seguí hurgando y la respuesta se tornó dudosa, llegué a la conclusión de que tal vez no amo demasiado, pero sí lo hago demasiado rápido sin dar tiempo a que el  juicio racional haga su parte. En fin el título de aquel libro ha llegado a perturbarme tanto que he decidido investigar sobre él para convertirlo en mi proyecto vacacional. Así que ahora les compartiré un poco más sobre el libro:

    Escrito por Robin Norwood  una terapeuta estadounidense, escribió el libro que tiene captada mi atención en el 2002.

    Capítulo  1

    Amar al hombre que no nos ama

     

    Victima del amor,

    Veo un corazón destrozado.

    Tienes una historia que contar.

     

    Víctima del amor:

    Es un papel muy fácil

    Y tu sabes representarlo

    muy bien.

     

    ...Creo que sabes

    a que me refiero.

    Caminas por la cuerda floja

    Del dolor y del deseo,

    Buscando el amor.

    "Victima del amor"

     

    Capítulo 6

    Los hombres que eligen a las mujeres que aman demasiado

     

    Ella es la roca en la que me apoyo,

    Es el sol de mis días,

    Y, digan lo que digan de ella,

    Señor, ella me aceptó y me convirtió

    en todo lo que soy. 

    "Ella es mi roca"

     

     
    Estas son solo las introducciones a los capítulos pero pueden descargar completamente gratis el libro en:
     
     

      Angela   ~

     
     
    September 18

    Como gustéis

    "Ni bien se conocieron, se miraron.
    Ni bien se miraron, se enamoraron."
    Shakespeare.

      Angela   ~

    August 09

    Un amor más allá de la memoria.

    "En momentos de pena y dolor te abrazaré y te meceré tomando tu dolor y haciéndolo mío. Cuando tú lloras, yo lloro y cuando a ti te duele, a mí me duele, y juntos trataremos de contener el torrente de lágrimas y desesperación para salir adelante."
    Nicholas Sparks.
     
        Angela   ~
     
    August 04

    Memorias de una Geisha.

    Memorias de una Geisha de Rob Marshall

     

     

     

    • "Los sueños son tan peligrosos: abrasan como el fuego y a veces nos consumen completamente."
    • "Nada es más triste que el futuro salvo tal vez el pasado."

    Arthur Golden.

      Angela   ~

    July 12

    Teoría del hueco. De Eloy Tizón.

    La "Teoría del hueco" forma parte del libro "Parpadeos" del escritor madrileño Eloy Tizón que tiene un sobrado talento para la escritura. Este texto lo recibí en mi correo después de participar en la palabra más bella del castellano y quiero compartirlo con ustedes. Enjoy.

    Me gusta hacer agujeros. En la tierra. Pequeños. Estoy solo y hago agujeros.

    Pequeños hoyos de arena. Me gusta. Nadie me ve. Disfruto haciéndolos. Los hago con mis manos temblorosas. La tierra es blanda. Los hago. Quedan hechos. Ya está. Son agujeros.

    No hago muchos agujeros. Cinco o seis al día. Siete como máximo. Los necesarios.

    No más. Con eso es suficiente. Me cuido. No me complico la vida. A mi edad, una cosa que he aprendido es que no se debe abusar de los placeres.

    A veces pienso que debería hacer menos agujeros. No sé. Limitarme a dos o tres. O incluso menos. Puede que con un solo agujero, si consigo hacerlo perfecto, alcanzase.

    Qué alegría hacer eso, un solo agujero al día, pleno, rotundo, solar, como si bastase un solo círculo para colmar el aire de felicidad.

    Hacer agujeros es mi pasión. Hacer agujeros no sirve para nada. Antes buscaba la fama. Ya no. Antes quería escuchar el aplauso de los hombres y la risa halagadora de las mujeres tintineándome en el oído. Ya no. Ahora huyo de la compañía de los demás seres vivos y de esa cosa como agrietada que hay en las ovaciones. En todas las ovaciones. En todas.

    Si supiese cómo dejar de hacer agujeros, dejaría de hacerlos. Me retiraría. Pero existe algo más fuerte que uno que se llama vocación. Eso es lo malo. Tener una vocación es tener una obligación moral. De modo que hago agujeros. Si me preguntasen por qué los hago, no sabría qué contestar. Abriría la boca muy abierta y me quedaría callado. Pensativo. La boca es otro agujero. O me encogería de hombros. Hace tiempo que he olvidado cómo era eso de vivir sin agujeros. Llevo tanto tiempo aquí solo y perdido haciendo agujeros día y noche que no me imagino haciendo otra cosa. Ni dedicándome a otro oficio. Tapando agujeros, por ejemplo, no, no, no, ni se me ocurre pensarlo. Qué barbaridad. De ninguna manera. Yo no me veo tapando agujeros. Ni hablar. Es que no me parece lógico. Menuda tontería. Eso no tendría sentido.

    Son tan bonitos los agujeros. Redondos. Son como lunas. Son como bocas. Bocas abiertas en la inmensidad de la tierra. Sedientas de luz y aire. La tierra respira a través de ellas. Y no hay dos agujeros iguales. Todo el tiempo son iguales y todo el tiempo distintos. Cambian. Se transforman ante tu mirada. Es como tocar un instrumento musical. Como tocar el piano. Como componer una sinfonía de huecos. Siempre se aprende algo nuevo. Algo sobre lo que tú eres.

    A veces siento ganas de no hacerlos. Los agujeros, digo. Sentarme en una roca y descansar a la sombra de un cocotero como el resto de la gente. Como hacen mis vecinos y los hijos de mis vecinos y los hijos de los hijos de mis vecinos. Pero no puedo; yo no soy como ellos. Qué va. Todo lo contrario. Yo tengo otras inquietudes. Inquietudes artísticas y culturales. Filosóficas, digamos. Yo soy, a mi manera, un rebelde. Me gusta hacer agujeros. Ellos pasan a mi lado cuchicheando y ni siquiera los miro, no tengo tiempo, ocupado como está uno en la búsqueda del agujero ideal, ese que no existe, ese que, si existiese, significaría el final de la vida en general y del arte de hacer agujeros en particular.

    Ya sea verano o invierno, todas las mañanas me levanto temprano, desayuno mi trozo de pan con mantequilla rancia, me visto con mi ropa de hacer agujeros y me lanzo a la calle, impaciente por superar mi propia marca. Tengo todo el día por delante. En casa nadie me espera. No tengo mujer ni hijos. Si los tuve o dejé de tenerlos alguna vez, en el pasado, es algo que no recuerdo y a estas alturas carece de importancia. He olvidado sus caras y sus nombres. En mi mente se abre un vacío que tiene forma de espacio en blanco. Sé que una vez me casé. Me casé con mi agujero.

    Pero me canso. El mundo del agujero es cansado. Lo digo en serio. Requiere dedicación y paciencia. Mucha paciencia. Tanta, que a veces entran dudas. ¿Estaré haciendo lo correcto? «Ya has hecho suficientes agujeros», me digo. «Tómate unas vacaciones», me digo. «Deja que otros, más jóvenes que tú, más inexpertos que tú pero con fórmulas más modernas, renovadores, con otro estilo, ocupen tu lugar y te releven en esto de taladrar la corteza terrestre», me digo. Pero es hablar por hablar. Pura cháchara. Blablablá. Lo haría si pudiera. Pero no sé cómo. No sé cómo se consigue dejar de hacer agujeros. Ni siquiera sé si es posible. Ya ni recuerdo qué hacía yo cuando no hacía agujeros. En qué empleaba mi tiempo. Haría otras cosas, supongo, como estar triste o ser joven o hacer cola para algo.

    El agujero te invade. El primer agujero es decisivo. Uno lo hace por juego, sin maldad, por ver si se puede hacerlo. Y lo hace. El agujero está hecho. Queda bien. Sólido y firme. Es como si la tierra se despertase poco a poco después de un largo letargo. Y te sonríe. El agujero inventa la primavera. El primer sorprendido eres tú. Una leve dulzura te empapa el alma. Y a partir de ese momento estás perdido. Buena la has hecho. Has despertado a la bestia. El primer agujero exige un segundo agujero, y éste un tercero, y así hasta el infinito, de modo que en una sola vida no hay días suficientes para tantos agujeros como quisieras hacer.

    Los agujeros ejercen sobre ti una fascinación extrañísima. Bastante extraña. El agujero toma posesión de ti y te obsesionas. Comienzas a no comer, a no dormir por las noches, y a verlo todo en términos de agujero. Cuando un día, después de mucho tiempo desvelado, por fin cierras los ojos y te quedas dormido, lo primero que haces es soñar con agujeros. Toda la noche. Y a la mañana siguiente te notas raro. Como sensible. Y lo único que te calma es salir corriendo y hacer otro agujero. Para aplacar la ansiedad. Las ideas se te agolpan y tú notas un ruido en la cabeza: eso es pensar. Llegados hasta este punto, ya no tiene solución. Estás preso. Atrapado en tu propia jaula. Esclavo de tu propia destreza. Dominado. El agujero hará contigo lo que se le antoje. Estás a su servicio. Ya no hay remedio. Se sufre, pero también compensa. De tanto hacer agujeros, tienes cara de agujero. Sonrisa de agujero. Pelo de agujero. Piel de agujero. Te has convertido en aquello que adorabas. Las diferencias se borran. El agujero eres tú.

      Angela   ~

    July 07

    "El sol y el viento" (tomado del libro "Hijos de la primavera:vida y palabras de los indios de América")

    El Viento y el Sol se encontraron. El Viento lucía una larga capa, un saco de lana muy gruesa y un sombrero muy grande. El Sol lo veía con sus ojos amarillos, grandes y brillantes, asomados bajo un sombrero de paja ardiente.

    Era el día de la contienda en que medirían sus fuerzas. Querían saber cuál de los dos era el más poderoso.

    El Viento dijo:

    -Es mucho, Hermano Sol, lo que yo puedo hacer... Yo hago volar por los aires sus sombreros, dejo sin abrigo a sus wawas y sin techo a sus casas. Sin mí no podrían despajar en las trillas.

    El Sol respondió:

    -Con mi calor consigo lo que quiero, los hago correr buscando abrigo y sombra bajo los montes y refresco en el río. Los hago sudar y quitar sus ponchos, desnudos tienen que trabajar por mi calor. Y a ti también, Hermano Viento, puedo quitarte el sombrero, la capa y hasta el saco.

    El Viento y el Sol compitieron. El Viento empezó a soplar con fuerza pero no consiguió quitarle el sombrero al Sol, ni mover uno solo de sus rayos, ni apagar la chispa amarilla de sus ojos. Cuando llegó su turno, el Sol comenzó a calentar más y más . Tan grande era el calor que el Viento, sofocado y sudoroso, se quitó el sombrero de alas. Después se quitó la capa y el saco. Desde entonces reina el Sol y al Viento se le ve vagando desnudo por los caminos, silbando su derrota.

      Angela   ~